LEÓN FELIPE
EL POETA Y EL HOMBRE
JUAN CERVERA SANCHIS
MÉXICO D: F.
2009
LA CASA
Vive León Felipe en la calle Miguel Schultz. 73-3°. Colonia San
Rafael, Ciudad de México. Vive al cuidado de Trinidad Corona, Trini,
una mujer sencilla que se desvive por atenderlo. León la tiene en un
alto aprecio.
Ella siempre está alerta a la voz del poeta y en cuanto éste exclama:
-¡Trini!
Esta Trini de todos los ángeles, que es una exquisita cocinera, aparece
presta a obedecer sus órdenes.
La casa de León es en realidad un pequeño departamento de aspecto
humilde.
Lo único destacable en su interior son los muchos y desordenados libros
que hay por todas partes y que, algunas de las personas que visitan al poeta,
se los llevan a hurtadillas, por lo que León nos comenta,
cuando busca determinado título y no lo encuentra:
-No sé dónde está ese libro. Todo se lo llevan.
Pero a León no le dura el enfado un minuto. Él vive como un místico,
por lo que carece de apegos y no considera nada material suyo. Suyo, lo que
se dice suyo, solamente es su alma y su poesía.
León Felipe, casi siempre, está sentado en un mullido sillón
en el lugar más silencioso de la casa. Ahí mismo tiene su cama,
una mesita pequeña
para escribir y otra más grande para amontonar papeles, cartas y más
libros. Su cama nos recuerda la de las celdas de los reos. En la pared, por
encima de la cama, cuelga una cruz sencilla de madera, una reproducción
de "El Güernica" de Picasso y otra de "El retrato de un
desconocido" de El Greco. A un lado podemos ver una fotografía de
Doña Valentina, la madre del poeta, así como otra de Berta Gamboa,
quien fuera su esposa.
En la pared de enfrente hay otros retratos. Estos son de Carlos Arruza, el gran
torero, quien era su sobrino. En uno de ellos está entrando a matar a
un toro. En otro vemos a Arruza con su hijo pequeño y hay
otro más donde lo vemos con un sombrero vaquero, sonriendo y en plenitud
de vida.
En otra de las paredes hay colgado un pequeño violín y un retrato
al óleo de Berta Gamboa.
La manta que cubre la cama de León es verde y sirve la cama de sofá
para que se sienten o se echen a descansar algunos de los amigos que lo visitamos.
Siempre se está en casa de León Felipe y junto a él como
si fuésemos viejos y entrañables amigos. No hay protocolos frente
a él. León es un poeta.
El poeta y, los poetas de verdad, como lo es él, son hombres generosos
y sencillos.
No ha olvidado León Felipe, por más que ahora está en la
cúspide de su gloria literaria y sus admiradores lo tratan como si fuera
una especie de santón de la palabra, que un día "comió
el rancho de castigo con ladrones y asesinos", ni tampoco olvida "que
viajó en las bodegas de los barcos".
León sigue siendo un hombre, un poeta, el poeta, el hombre.
No hay más que decir.
EL ENCUENTRO
El encuentro, mi encuentro con León Felipe, acaeció una tarde
del mes de marzo de 1968. Me condujo a su casa el entonces joven Carlos Gómez
Samaniego, hoy fallecido. Trini nos abrió la puerta de par en par y nos
condujo hasta donde estaba León. Sin mayores preámbulos la conversación
con él se hizo fácil y fluida. León, por cierto, aquella
tarde, no estaba solo. Estaban allí varios amigos suyos que, luego, también
sería nuestros: Juan Rejano, poeta cordobés de Puente Genil, Samperio,
un madrileño muy simpático que resultó ser flamencólogo
y don Pablo Fernández Márquez, que tanto sabía de arte.
Don Pablo también era madrileño y un hombre extraordinariamente
generoso y leal que más de un hambre nos quitó en no pocas ocasiones.
Hijo de la guerra civil española y refugiado político, como casi
todos los amigos de confianza de León en México. Don Pablo hablaba
con la voz desgarrada a consecuencia de un balazo, recuerdo de la
guerra, que le había dejado parte de su garganta rota y una cicatriz,
harto visible, en su cuello. Era crítico de arte y catedrático.
León Felipe, posteriormente, y a solas, hablando de los amigos y refiriéndose
a don Pablo nos diría:
-Es un amigo puesto a prueba, a todas las pruebas. Pablo es de una calidad humana
que rara vez en la vida se encuentro uno
personas como él. Y dicho esto, León, nos recordaba aquellas palabras
de Séneca que jamás deberían olvidarse en un mundo
de auténticos seres humanos:
BUSCA UN AMIGO PARA TENER POR QUIEN SACRIFICARTE, NO PARA QUE SE SACRIFIQUE POR TI".
Así era como León Felipe sentía y vivía la amistad.
Su casa pues era la casa de todos sin excepción. Al igual que yo eran
muchos los que llegaban a ella a pedir ayuda y consejo y, él, con todos,
compartía su sal y su pan.
Recuerdo que alguien solía decir: "La casa de León parece
a veces una oficina de relaciones públicas" Sólo Dios sabe
la de personas que gracias a León vieron solucionados algunos de sus
urgentes problemas.
Hay que decir que León no era, en absoluto, adinerado, él sobrevivía
de lo que le daba su hermana Salud, de algunas colaboraciones literarias y la
solidaridad de sus entrañables amigos.
Él, lo que se dice para él, necesitaba muy poco, por lo que aquel
dicho que afirma que "no es más rico quien más posee, sino
quien menos necesita", le venía muy al pelo.
En realidad, León Felipe, si bien se examinaba, vivía como un
anacoreta al tiempo que su casa de poeta era una especie de albergue donde los
viandantes encontraban descanso y, asimismo, viandas materiales y espirituales
para proseguir su camino.
Así era León Felipe: El hombre y el poeta que sostenía,
con su ejemplo, que el poeta y el hombre, si lo son en verdad, no pueden caminar
por separado por los caminos de la vida, en base al lema de los despreciables
fariseos:
"Haz lo que yo diga y no lo que yo haga".
León Felipe lo que decía lo hacía. Lo recuerdo en cierta
ocasión en que, sublevado, ante la arbitrariedad de un falso poeta, agitando
su bastón nos dijo con rotundidad incuestionable:
-MIRA, JUAN: SI LA POESÍA NO SIRVE PARA HACER MEJOR AL HOMBRE NO SIRVE
PARA NADA.
SU OBRA
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo el sol...
y un camino virgen
Dios."
Entre los primeros versos de León Felipe se cuentan estos, en verdad
profundos, bellos y estremecedores. Los últimos, aún todavía,
no sabemos cuáles serán, pero nosotros, elegiríamos, para
cerrar el círculo, entre "Nadie fue ayer", de su inicial aliento
y su exhalación final, estos de su último libro publicado, "¡Oh,
este viejo y roto violín!", que tal vez no sean los últimos
que broten de su numen, pero que sin duda son
definitivos:
"Soy ya tan viejo,
y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido
y ya no puedo encontrarla
para pedirle perdón.
Ya no puedo hacer otra cosa
que arrodillarme ante el primer mendigo
y besarle las manos.
Yo no he sido bueno...
quisiera haber sido mejor.
Y el poeta humildemente pide y pide perdón.
Sí, entre "Nadie fue ayer" y este "Perdón",
del "viejo y roto violín", que enmarcan el principio y el final
de la vida y la obra de León Felipe, el poeta nos enseña a todos,
en un gesto de suprema modestia, tan rara entre la engreída fauna que
suele habitar el Parnaso, el genuino significado del ser, en verdad, humano,
por encima de cualquier virtuosismo efectista.
León Felipe era ciertamente un poeta, es decir, un verdadero ser humano
y no un divo de bisutería, como son tantos otros, a los que incluso se
les ha otorgado el cómico Premio Nobel.
CONVERSACIONES
Hemos conversado, conversamos mucho con León Felipe. A menudo pasamos
mañanas, tardes y alguna que otra noche platicando con él. Yo
no soy hombre aficionado a tomar notas así como así. Y mucho menos
cuando la conversación se desliza en plan de amigos. Y León y
yo somos ya dos buenos amigos. Sería pues absurdo charlar con él
con una libreta y un lápiz en la mano. No obstante, un día, pensé
que nuestras conversaciones podrían resultar de interés para otras
personas y, tras pedir permiso a León, que no tuvo ningún inconveniente
en ello, me auxilié de un blok y un bolígrafo y cuando consideraba
que no era suficiente retener lo que él me decía en mi memoria
tomaba nota, considerando que el papel y la tinta son más fieles que
ésta, pues no hay memoria, por buena que parezca, que no sea finalmente
abatida por el olvido.
Es verdad que algunas confesiones de León que aquí refiero las
transcribo de memoria, pero hay otras que necesito apuntar y así lo hago,
pues no quisiera tergiversar nada de cuanto él me dice.
UNA MAÑANA
Una mañana, nada más llegar, se nos ocurrió preguntarle:
-De no ser poeta, León, ¿qué te hubiera gustado ser?
-A un poeta no se le puede preguntar eso, pues no hay otra categoría
en el mundo que valga más que la de poeta.
-¿Recuerdas dónde publicaste tus primeros versos?
-Sí, claro que sí: en un periódico que hacía mi
cuñado en Valmaseda.
Eran unos versos que me gustaría salvar. Estaban dedicados a la hija
de un maestro que murió tuberculosa. En aquellos tiempos morían
muchas gentes jóvenes a causa de esta enfermedad. El pobre no tenía
más que aquella hija. No recuerdo como se llamaba el periódico.
Los versos me parecen que se llamaban "Elegía a la hija del maestro
muerta". Recuerdo que yo estaba mirando por una ventana el cuerpo muerto
de la niña cuando escribí aquella elegía. Me gustaría
salvar aquellos versos. De esto quizás podría saber mi sobrino
Eduardo Cadena Camino, que fue, por cierto, secretario de Queipo de Llano.
León Felipe cae a veces en prolongados silencios y si le preguntamos
entonces no nos responde. Los recuerdos de aquella elegía lo enmudecen
durante unos minutos. Él está acostado todavía en su cama.
Yo ocupo su sillón.
Fuera llueve y llueve. Es una extraña mañana. Pasado un buen rato
le volvemos a preguntar:
-¿Qué edad tenía cuándo escribió aquellos
versos?
León se mueve en su cama. Nos mira y nos dice:
-Yo fui lo que se dice un poeta tardío. Aquellos versos los escribí
cumplidos ya los treinta años de edad.
Calla por un instante. Parece recordar algo y nos comenta:
-Mi cuñado era secretario del juzgado de Valmaseda entonces, Creo, si
la memoria no me falla, que corrían los años de 1911 o 17.
Tal vez en el juzgado quede algún ejemplar de aquel periódico.
RECUERDOS Y MÁS RECUERDOS
En tanto avanza la mañana hablamos de asuntos diversos. De repente
pasamos de un tema a otro de salto en salto. No es nuestra plática en
absoluto formal. Se impone el capricho de la memoria y los recuerdos surgidos
al azar, así como nuestras preguntas del todo inesperadas.
Nada hay programado en nuestra conversación y ahí vamos conversando
a lo que buenamente salga.
-León, le preguntamos sin más, ¿a mi me gustaría
saber cuál fue su mejor amigo entre los poetas españoles de su
tiempo? A sabiendas de lo difícil que suele ser la amistad entre ellos.
León, tras acariciar lentamente su blanca barba, nos responde:
-Si quieres que te diga la verdad yo no tuve amigos poetas, pero había
uno a quien yo dedico "Qué lástima" y que se llamaba
Alberto López Argüelles. Tuvo un puesto importante en la Audiencia.
Como hombre era extraordinario, como poeta no sé dónde llegó.
Él si fue mi amigo.
León, de súbito, se acuerda de versos suyos y de otros y nos los
dice en voz alta:
"Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan.
Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria.
Qué lástima
que yo no tenga una patria..."
Y aquí León se sumerge en un breve mutismo, que nosotros rompemos
con una de nuestras habituales preguntas:
-León, ¿en qué otro pueblo, de no haber sido Tábara,
le hubiera gustado nacer?
-En cualquier otro pueblo de Castilla.
Ahora, nosotros, mientras avanza la mañana y el aire de la ciudad de México casi huele ya a tarde, le recordamos con voz lenta a León Felipe aquellos versos suyos que dicen:
"Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
Va cargado de amargura...
Va, vencido, el caballero de retorno a su lugar."
Ama León Felipe a Castilla, su Castilla, con toda su alma y toda su
sangre.
Este poema que nosotros le recordamos recuerda a León pasajes de su vida
muy particulares.
Nos dice con su voz, extrañamente herida, tras escucharnos:
-No sabes la de recuerdos que me has traído con esos versos.
Acababa de salir de la cárcel cuando los escribí.
León se ensimisma y, luego, como el que brota de sus abismos, pronuncia
en voz alta estos versos:
"Ahora de pueblo en pueblo
errando por la vida,
luego de mundo en mundo errando por el cielo
lo mismo que esa estrella fugitiva...
¿Después? Después...
ya lo dirá esa estrella misma,
esa estrella romera
que es la mía,
esa estrella que corre por el cielo sin albergue
como yo por la vida."
Presentimos que León Felipe siente ya la llamada del destino.
Descubre, tras la dura experiencia de la cárcel, donde leyó y
releyó El Quijote, su destino de poeta y se va, pues, por el mundo, "a
llorar su desdicha", tal como nos dejará dicho en su poema "Escuela"
El tiempo se nos ha ido, casi sin darnos cuenta. Aparece Trini, la fiel asistente
de León, anunciándole la hora de la comida y aunque él
nos invita a que nos quedemos, nosotros le damos las gracias y le decimos, como
siempre, hasta pronto.
CIERTA TARDE
Cierta tarde del mes de julio, en que la tormenta y el chaparrón visitan
la ciudad de México, le preguntamos a León, tras compartir uno
de sus largos silencios:
-¿Qué papel ha jugado el amor en su vida?
León Felipe nos clava su mirada en el alma y luego nos dice con rotundidad:
-El amor en mi vida ha jugado muy poco. Bueno, cierto amor.
Para que comprendas quiero decirte aquello de Whitman:
AQUEL QUE CAMINA UNA SOLA LEGUA SIN AMOR CAMINA AMORTAJADO EN SU PROPIO FUNERAL.
Y continúa:
-Mira, Juan, a mí me achacan que no hay poesía amorosa en mi obra,
pero sí hay poesía amorosa, sí la hay.
Tras decirnos esto León calla y calla. De repente alza su voz y nos dice
autoritario:
-Te reitero una vez más que si la poesía no sirve para hacer mejor
al hombre no sirve para nada.
Dicho esto su silencio se hace más profundo. Los ojos de León
rebrillan poderosamente. De súbito se exalta.
-He aquí el poeta prometéico, pienso yo calladamente. Él
levanta su voz, me cuenta la vida de Job y de Edipo. Me habla de la verdadera
poesía, tan ajena a la de los juglares cantarines y los artesanos de
la metáfora relamida.
Nos habla del poeta con vocación y destino. Se sabe León poeta
de verdad. Es decir, poeta de los que se juegan el todo por el todo, algo que
no todos, y menos muchos de los que se dicen poetas, alcanzan a entender.
León nos afirma con voz, ahora, reposada:
-La poesía es la voz del hombre. Todos hablan, el sacerdote, el juez,
el comerciante, con voz de falsete, el poeta es el único que no habla
con la voz impostada.
Naturalmente que León Felipe, al referirse al poeta, no está hablando
del bardo retórico y alambicado, sino del POETA sin más y sin
menos, pues una realidad es la metáfora retórica y otra muy diferente
la Intrépida Metáfora Demiúrgica que León Felipe
vive y práctica cada día, y que nace y arranca de aquel capítulo
inmortal del Quijote, en que el noble Caballero de la Triste Figura, ante su
primera salida, descubre el mundo y lo transforma en lo que debería ser
el mundo contra lo que el mundo es por obra y desgracia de nuestras cobardías.
Y se compromete, como Don Quijote, en la gran empresa de la transformación.
Nosotros ponemos aquí énfasis en la comparación del falso
poeta, tan celebrado por los admiradores del retruécano, y el genuino
poeta, como lo fueron San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo, en su hora,
y ahora lo son Antonio Machado y León Felipe, siendo a su vez ellos tan
diferentes.
ESCRIBIR LLORANDO
En no pocas ocasiones hablamos con León Felipe de las lágrimas
y de escribir llorando y es que, a veces la vida y, por ende, la poesía,
no dan para más.
León pues afirmaba y reafirmaba con su honda y alta voz dolorida:
-Yo he escrito muchos poemas con las lágrimas en los ojos. Sí,
llorando y, por momentos, a mares. Pero quiero decirte que estos poemas son
los que más estimo.
-¿Qué poemas son esos, León?
-Son muchos, pero te diré que así escribí "Perdón"
y "Delirio".
Aquí, León Felipe, enmudece. Él no es hombre amigo de los
disfraces y, mucho menos, que haga uso del disimulo o del script. León
se expresa siempre con claridad y frontalmente.
Dice lo que piensa y piensa lo que siente. Nunca jamás se anda por las
huidizas y equívocas ramas. Jamás juega a la retórica ni
esconde la cabeza en la arena de la cobardía, como la asustadiza avestruz,
para tratar de eludir, táctica inútil, el peso
de la realidad. León Felipe es todo un valiente y con valentía
integral asume su vida. Su vocación es la poesía y la busca, nunca
satisfecha, de la verdad.
Es León Felipe hombre-poeta- verdad, algo que en este carnaval del mundo
que nos confunde y asfixia, no se estila pues se considera peligroso para la
supervivencia.
Contra lo conveniente, y cuanto nos conduce a la comodidad y al dinero, a costa
de lo que fuere, León Felipe defiende la vocación:
-La vocación, nos dijo aquel día, es lo más serio del mundo.
Defiende y sigue tu vocación, aunque te cueste lo que te cueste.
No te desvíes. No confundas el éxito con el artificioso y bien
visto acomodo social.
Lo que en verdad importa es conocerse uno a sí mismo y, si para obtener
eso que llaman triunfo, uno debe traicionarse a si mismo, mejor fracasar mil
veces en el intento de ser uno quien uno realmente es, como nos indica nuestra
verdadera vocación.
Esto de la vocación ya está expresado en la Parábola de
los Talentos.
Pon atención, Juan, si uno nace con diez talentos debe entregar, a la
hora de las cuentas finales, diez mil.
Sí, por lo menos diez mil. Tenlo muy en cuenta.
DÍAS DESPUÉS
Dimos vueltas, exigencias del pan de cada día y, durante tres o cuatro
días, no vimos a León Felipe con dolor de corazón.
Por fin, una tarde rabiosa de sol, corrimos, mi alma y yo, hacia su casa en
la más que entrañable, para mí, Colonia San Rafael. Al
igual que siempre su puerta estaba abierta de par en par. León al verme
me preguntó:
-¿Dónde te has metido? ¿Cómo va tu vida?
-Tirando, León, tirando. Y escribiendo.
-Muy bien, Juan. ¿Qué has escrito?
-Algunos poemas.
Él me anima paternalmente a que se los lea y así hago. Me escucha
atentamente y luego me dice:
-Muy bien, Juan, estás muy bien. Tú tienes destino.
La palabra destino para León Felipe tiene un profundo significativo,
pues para él no cualquiera tiene destino.
Tras pronunciar dicho vocablo, él, guarda silencio. Yo le hablo de mis
asuntos. Él se muestra muy interesado respecto a cómo me va.
León Felipe siempre se interesa, por humilde que sea la persona que tiene
enfrente, por su vida y busca darle aliento.
Es lo que hace conmigo en un derroche de bondad..
Como es común entre nosotros acabamos hablando de poesía y de
poetas. Surge el nombre de Federico García Lorca y León nos dice:
-Lo conocí y lo quise mucho. Vivimos juntos en Norteamérica.
-¿Qué piensas de su poesía?
-¡Hombre!, su poesía queda. No digamos las tonterías que
ha dicho José Luis Borges. Borges que es un poeta de segunda categoría.
Si es verdad que le ha favorecido su tragedia a Federico, pero eso no quiere
decir gran cosa.
-¿Qué es lo que más le gusta de la poesía de Federico
a León Felipe?
-No creo que su poesía de "Poeta en Nueva York" sea lo mejor
de él.
Creo que tiene en sus comedias poemas, como aquel de "El Niño y
el Gato", que resultó ser gata, y que está en "Así
que pasen cinco años", muy buenos.
-¿De gran poeta?
-Si, Federico García Lorca, era un gran poeta.
-¿Y qué tal era como persona?
-¡Hombre!, Federico, además de gran poeta, era una buena persona.
Era un muchacho que realmente tenía un magnetismo como yo no he visto
en otra persona.
Te diré: de los tres poetas andaluces de su generación que eran
verdaderamente grandes él era uno de ellos.
-¿Y quiénes eran los otros dos, León?
-Los otros dos eran Emilio Prados y Luis Cernuda. Formaban un triángulo
que habría que estudiar.
Cernuda, como persona, era muy antipático, pero eso sí, un gran
poeta.
De los tres el angélico era Prados que era, en mi sentir y pensar, el
que más valía.
Yo creo que algún día a Prados se le hará justicia. Emilio
era muy bueno, pero que muy bueno, como hombre y como poeta.
Te aconsejo que lo leas detenidamente.
HABLANDO DE POETAS
Aquella tarde transcurrió hablando de poetas. En realidad bombardeamos
a León Felipe, que estaba de buen humor, pidiéndole su opinión
sobre distintos y diferentes poetas.
Él no tuvo inconveniente en decirnos lo que pensaba de ellos con claridad
y brevedad lapidaria.
-¿Qué piensa, León Felipe, de Manuel Altolaguirre?
-Altolaguirre no valía nada.
Así exactamente nos lo dijo y así exactamente lo transcribimos,
lo que no quiere decir que compartiéramos con León Felipe su tajante
opinión sobre el autor de "Las islas invitadas".
-¿Qué nos dices de Rafael Alberti?
-Hombre, Alberti y María Teresa van juntos. A mi me gusta mucho su poesía.
Es una poesía alegre. Su gracia, su facilidad y su comunismo se han conjurado
para que no diese su do de pecho. Pero es innegable que es un poeta lleno de
gracia.
-¿Y qué tal Pedro Garfias, León?
-Pedro Garfias era un poeta tabernario. No llegó a poeta maldito.
-¿Juan Ramón Jiménez?
-Era un poeta de gabinete y de laboratorio.
-¿Miguel de Unamuno?
-Lo que te puedo decir de él no se puede contar públicamente.
León Felipe nos contó, bajo palabra de no escribirlo, cierta brutalidad
que le dijo Unamuno parodiando a Gustavo Aldolfo Bécquer y, ciertamente,
no vale la pena contar aquella grosería.
Luego subraya León:
-Yo no lo quise nunca.
En un salto a lo diametralmente opuesto le pregunto a León por el entrañable,
conmovedor y queridísimo Antonio Machado, el más grande entre
los grandes poetas de España. Su semblante cambia y, visiblemente emocionado,
nos dice:
-Tengo un libro que se llama "Antonio Machado, León Felipe y las
escaleras". Esta publicada la primera parte. La segunda no.
Trato ahí de cuando fuimos a ver a Jacinto Benavente. Esto quiero contártelo
a ti un día.
Por desgracia nunca nos lo contó. La vida no nos dio tiempo para ello.
Sí, en aquella ocasión, nos siguió contando:
-Yo entonces vivía en el mismo edificio que Antonio Machado.
Él en el cuarto piso, yo en el quinto. Esto era en Barcelona.
Recuerdo que en cada rellano de la escalera nos sentábamos a charlar.
Machado estaba ya torpón, yo todavía estaba muy fuerte y lo subía
casi en brazos. Empezábamos a subir a eso de las doce de la noche, éramos
entonces aves nocturnas, y llegábamos rayando el día a nuestros
respectivos departamentos.
Yo quería mucho a Antonio Machado. Era por igual tan gran hombre como
gran poeta.
Aquí León Felipe se sumerge en uno de esos, sus ya, clásicos
y profundos silencios a que nos tiene acostumbrado. Yo fumo, León de
pronto alza su voz y grita:
-¡Trini!
Trini Corona vuela, no obstante su renqueante pierna que, cansada de los fallidos
remedios que le han recomendado los médicos, ella aspira a aliviar con
una escobilla de San Martín de Porres.
-Mande el Señor, le dice Trini al llegar. Y León me pregunta:
-¿Tú quieres algo?
-Agua, le respondo.
-Bien. Trini, un vaso de agua para Juan y uno de agua con limón para
mi.
Sin darnos cuenta se nos ha hecho tarde. La luz del día ya se fue.
Por la ventana entra la luz fluorescente de la calle. Es de noche y hora de
dejar a León Felipe en santa paz y libre de nuestras impertinentes preguntas.
POETAS Y MÁS POETAS
Era de mañana cuando llegamos aquel día a la casa del poeta.
Se encontraba ya en ella, acompañando a León, Gloria Rodríguez,
una joven de origen malagueño, pero ya nacida en México, que escribía
poesía.
Platicamos y platicamos de poetas. Gloria y yo le preguntamos sobre lo que él
pensaba de algunos poetas españoles. Gloria inició el interrogatorio:
-Maestro, ¿qué opina usted de Dámaso Alonso?
-Es un zorro y un borrachín, respondió León, lo que provocó
una sonora carcajada de la joven Gloria. Y continuó: Pero, ¡cuidado!,
es un buen poeta. Yo le quiero más que él a mí.
-¿Qué nos dices de Vicente Aleixandre?, intervengo yo.
-Es tan buen poeta como tan buena persona. Yo le quiero mucho y él a
mí. Pensando en Vicente quiero deciros que todo hombre es poeta porque,
y lo repito una vez más, la poesía es la voz del hombre. Su voz..
-¿Qué le parece Gabriel Celaya?
-Celaya es un camelo.
-¿Y Blas de Otero?
-Está mejor que Celaya, pero tiene la dificultad de todos los vascos,
su palabra es dura. Se le ve siempre trabajando el verso con las dificultades
que tienen los vascos.
Nuestro interrogatorio continúa. Gloria pregunta por Leopoldo de Luis
y León afirma:
-Es un poeta que me gusta y quiero mucho.
-¿Ramón de Garciasol?, le pregunto yo.
-Tiene un verso duro y oscuro, pero cuando se desentraña se le encuentra
temblor.
-¿Qué nos dices, León, de José María Pemán?
-Es un caballero.
-¿Luis Felipe Vivanco?
-¡Hombre!, éste fue el que dijo que Juan Ramón Jiménez
era el poeta de la eternidad, Antonio Machado el de la temporalidad y yo el
poeta de la actualidad.
León Felipe, tras decir esto, se pone muy serio y yo le digo:
-León, Vivanco se equivocó. Tú eres el poeta de la contemporaneidad.
Nos mira y no dice nada. Gloria Rodríguez le pregunta ahora:
-¿Miguel Hernández?
-Lo conocí y lo quise mucho. Era muy bueno, muy bueno.
Por mor de las causas que todos conocemos no dio todo lo que tenía que
dar, que era mucho. Fue una lástima que nos lo quitaran tan pronto.
Pero ahí está su poesía y ahí seguirá.
-¿Y qué nos dices de Manolo Machado?, prosigo yo.
-Era un sinvergonzón. Como poeta era gracioso, pero después de
la guerra y lo que hizo no se le puede elogiar.
-¿Jorge Guillén?
-Buen poeta y buena gente.
-¿ José Moreno Villa?
-Dijeron que yo había dicho que Moreno Villa era un poeta malón.
Pero yo nunca he dicho eso. Moreno Villa fue un buen poeta y un pintor con mucha
gracia. Era un malagueño con señorío. Fuimos muy buenos
amigos. Vivió en mi casa y cuando se disgustaba con Consuelo, su mujer,
venía a que lo consoláramos Berta y yo. No lo vi morir porque
yo estaba en Veracruz, pero cuando vine le hice una elegía. Nos quisimos
mucho.
-¿Gerardo Diego?
-Es la gran moñiga retórica y paciega.
-¿Qué piensa de José María Valverde?
-Es un buen poeta, responde León con firmeza.
-¿José Hierro?
-José Hierro, sí, sí, muy bueno. Yo creo que Hierro es
uno de los mejores poetas de la España actual.
Y aquí pusimos términos a nuestro interrogatorio aquella mañana
en unión de Gloria Rodríguez.
HABLAMOS Y HABLAMOS
No pocas veces hablamos y hablamos lo que se dice al capricho del azar. Pregunto
a León Felipe lo que se me ocurre de súbito y él me responde
abiertamente y sobre la marcha.
Nos llaman la atención los hondos silencios en que a veces se sumerge
León.
Tal pareciera que huye a territorios de su alma muy profundos, muy suyos, por
lo que, picados por nuestra indiscreta curiosidad, con ingenua osadía,
un día nos atrevimos a preguntarle, tras observar como caía en
uno de esos mutismos:
-¿Qué estás pensando ahora, León?
Él sonrió, cuando yo temí que se fuera a enojar conmigo
por hacerle tan impropia pregunta y me respondió amablemente:
-Cuando callo muchas veces no pienso nada. Simplemente callo.
Aunque algunas veces pienso cosas inconfesables que no quiero compartir con
nadie, como todo el mundo. Y León vuelve a sonreír.
Sin más preámbulo le pregunto, cambiando de asunto:
-¿A qué libro, de todos los suyos, quiere más?
-Al menos conocido, hombre.
-¿Y cuál es ese libro tan poco conocido?
-"El Ciervo". Sí, "El Ciervo", del que se ha hablado
menos que de mis otros libros. Pienso que por culpa de su primera edición.
Ahora lo acaba de editar Giménez Siles en la "Colección Málaga",
donde están apareciendo mis obras completas. Yo espero que ahora sea
más leído y más apreciado de lo que es.
-Oiga, León, ¿qué es lo confesable y qué lo inconfesable?
-Un poeta debe esforzarse por hacer lo inconfesable confesable.
En el poema "Escuela", de mi libro "¡Oh, este viejo y roto
violín!" hay dos cosas inconfesables que yo he hecho confesables.
-¿Son esas cosas alusivas del sexo?
-Sí, pero ya no te quiero decir más. Tienes tú que averiguarlo.
Hay cosas que hay que decirlas y para eso está la poesía, para
tocar esas cosas, pero no con las manos sucias.
Aquí, León Felipe, se sume de nuevo en un hondo y prolongado silencio.
A mi se me viene a la cabeza la idea de que está rezando interiormente
y se me ocurre preguntarle:
-¿Reza, León?
-Antes rezaba, pero desde hace una temporada no he vuelto a rezar.
Me he convencido que el rezo máximo está en los poemas que uno
hace.
-¿Lloras todavía?
León Felipe se me queda mirando fijamente y me dice:
-Hace cinco años yo lloraba de una manera extraordinaria. Era un don
de lágrimas que me venía de no sé dónde. Todavía,
estando en el hospital, cuando quise suicidarme, tenía el don de lágrimas.
Ahora ya no lloro.
-¿Qué te llevó a intentar suicidarte?
-Tomaba muchas drogas para dormir a raíz de la muerte de mi mujer y me
trastornaron. Eso fue todo. Ahora no me suicidaría por nada del mundo.
-¿Qué son las lágrimas, León?
-En mi poema "El vendedor de diamantes" trato de explicarlo.
Y aquí dejamos nuestra conversación con León Felipe por
este día y llegando a casa volvimos a leer "El vendedor de diamantes":
TODOS LLORAN IGUAL,
CON LAS MISMAS MUECAS,
EL MISMO MECANISMO...
PERO LAS LÁGRIMAS NO SON TODAS IGUALES.
UNA NOCHE
León Felipe, la tarde, y parte de la noche, del viernes, solía
pasarla en El Café Sorrento, con un grupo de amigos españoles
exiliados.
Allí, en El Sorrento, nosotros conocimos a Sara Montiel, quien, estando
en México, era asidua a dicha tertulia.
Como los dos vivíamos en la calle de Miguel E. Schultz, pues éramos
casi vecinos, nos íbamos y volvíamos juntos en el coche que le
facilitaba para ello Pablo Fernández Márquez.
Una noche, al volver, nos quedamos un buen rato en su departamento.
A León se le había ido el sueño, y aunque por lo común
se metía muy temprano en su cama, en aquella ocasión no lo hizo
y, sin saber por qué, surgió a colación Andalucía,
mi tierra, León Felipe entornó sus ojos y me sorprendió
diciéndome:
-Cuando yo llegué, una noche, por primera vez a Andalucía, que
venía de Santander, y por la mañana abrí el balcón
y vi el cielo y el sol, me quedé deslumbrado. Nunca antes en mi vida
había visto yo un cielo como el de Málaga.
Te diré algo: ser andaluz dentro de España, es también
una jerarquía.
Para un hombre del norte, Andalucía, es como un planeta diferente...
Málaga, Cádiz, Granada, Sevilla... y el río Guadalquivir.
-¿Alguna vez nadó en las aguas del río Guadalquivir?
-No he nadado en las aguas de ningún río, ya que no sé
nadar. Hay dos cosas en esta vida que nunca he podido aprender.
-¿Qué cosas son esas, León?
-A nadar y a montar en bicicleta. Y a nadar, en especial, me hubiera gustado
mucho aprender.
-¿Te gustan los toros?, le pregunto mientras miro el retrato de su sobrino
Carlos Arruza entrando a matar.
-El toreo es un poema mal hecho.
-¿Vio muchas corridas?
-Podría haber visto más que nadie, pero acabé por no ir.
-¿Qué torero de cuantos ha visto ha sido el que más le
ha gustado?
-Me gustaba Manolete más que ninguno.
Dicho esto me habla de su sobrino Carlos Arruza y, en tono Festivo, me cuenta
esta anécdota:
-Un día, como acostumbraba Carlos, vino por mi para ir a almorzar.
Lo acompañaba aquella vez el tenor Pedro Vargas. Bajamos y, ya en el
coche, Pedro se sentó en la parte trasera. Apenas puesto el coche en
marcha, Pedro, comenzó a quejarse y a decirnos:
-Me duele el oído una barbaridad. Estoy preocupado. No sé que
pueda ser.
Entonces yo le dije:
-Ten cuidado, puedes tener la ortitis del tenor. Ve a ver al otorrino cuanto
antes.
Carlos que oía nuestra conversación me preguntó:
-Oye, tío, ¿a los toreros nos puede pasar también eso?
-No, hombre, vosotros recibís los aplausos al aire libre y no hay peligro
de ortitis.
-¿Y a los poetas os puede suceder?
-Sí, a algunos, como a Pablo Neruda, les sale la ortitis del tenor.
Y una vez más hablamos de poetas y de hombres de letras.
Salió a colación el nombre de Ramón Menéndez Pidal.
León me dijo:
-Es un zorro que va a cumplir cien años y más vale no hablar de
él, porque quedaría hecho un guiñapo.
Pocos hombres he conocido yo que valgan menos que él. Es un gran historiador
medioevalista.
Ha escrito de una manera liberal sobre El Cid. Estaba con los soldados de El
Cid, pero cuando vino la guerra se fue con los infantes.
Tiene un libro que debes leer: "Flor nueva de romances viejos", creo
que se llama. Él y su mujer, Jimena, hicieron con esto una gran labor.
Tiene mérito como historiador y hombre científico, pero como persona
y hombre-hombre es un macana.
Aquí, cambiando de asunto, le preguntamos por sus gusto musicales.
Nos respondió así:
-Me gusta la música. No entiendo mucho. Me gusta tener música
de fondo cuando escribo. Me acuna muy bien.
-¿Músicos preferidos?
-Beethoven, Brahms y Bach.
UNA COMIDA
Con frecuencia se reúnen a comer con León Felipe cuatro o cinco
personas, en el pequeño y soleado mirador de su departamento convertido
en comedor. Hoy sólo estamos él y yo.
Hemos saboreado un delicioso gazpacho sevillano, hecho por Trini, quien aprendió
a elaborarlo bajo la guía de María del Carmen, la esposa de Carlos
Arruza.
Trini, como la mayoría de las mujeres del pueblo en México, es
una exquisita cocinera y posee el don de la buena sazón.
También nos ofrece unas deliciosas espinacas, una ensalada de aguacate,
un filete de pescado y, aunque León no es dado a las bebidas alcohólicas,
me complace con un vaso de vino tinto, nada menos que de Jumilla, que yo acepto
sin rechistar.
-Este vino me lo regala un amigo político, que también me manda
cada semana una despensa.
Yo paladeo el buen cuerpo del Jumilla al tiempo que me recreo con su acariciante
aroma mientras me digo para mí:
"Esto sí es comer a cuerpo de rey, o de virrey".
Sí, sí, pues los virreyes al llegar a la Nueva España,
eran recibidos con gran boato y, entre las muchas celebraciones que se les hacían,
destacaban los opíparos banquetes que les preparaban sus súbditos.
Un mendigo como yo, sentado a la mesa de León Felipe, se sintió
aquel día todo un virrey, máxime que llevaba un hambre casi de
posguerra.
León Felipe al verme comer celebró mi apetito ya que él,
a su edad, solía ser víctima de la inapetencia.
Tras la rica comida, que nunca olvidaré, Trini nos sirvió una
aromática taza de café chiapaneco e iniciamos una animada charla.
Si saber por qué, la mente trabaja y juega, León se acordó
del poeta Ramón de Campoamor y nos dijo:
-Todo el mundo anda diciendo de don Ramón de Campoamor era un poeta muy
malo, pero yo he tenido mucho respeto por él.
He leído y releído su poesía y en especial aquella composición
suya que se titula "El Tren Expreso" y te confieso que me gusta, muy
particularmente, el canto tercero, que dice:
MI CARTA QUE ES FELIZ, PUES VA A BUSCAROS,
CUENTA OS DARÁ DE LA MEMORIA MÍA...
Y León Felipe nos da muestra de su lúcida y fiel memoria.
Continúa:
AQUEL FANTASMA SOY QUE, POR GUSTAROS,
JUGÓ A ESTAR VIVA A VUESTRO LADO UN DÍA.
CUANDO LLEVE ESTA CARTA A VUESTRO OÍDO
EL ECO DE MI AMOR Y MIS DOLORES,
EL CUERPO EN QUE MI ESPÍRITU HA VIVIDO
YA DURMIENDO ESTARÁ BAJO UNAS FLORES.
Y León Felipe, que se sabe de memoria este canto tercero de "El
Tren Expreso", nos comenta:
-Don Ramón era un poeta. Sí, era un buen poeta.
Dimos así fin a aquella sobremesa aromada de café y a aquella comida con sabor a gazpacho que, a mí, por momentos, me trasladó a mi casa de Lora del Río y me recordó los gazpachos y las croquetas que hacía mi tía Vicenta Sanchís, cocinera y sabia como Trini Corona y tantas y tantas mujeres del pueblo llano.
CHARLAS INFORMALES
Hablamos con León Felipe de esto y de aquello y saltamos de un asunto
a otro, y de este a aquel personaje, un tanto, como bien se dice, al aire del
azar.
El tema del virtuosismo y el genuino virtuoso suele ser una constante en nuestras
charlas con León, por lo que recordamos, a tenor de ello, cuando nos
dijo:
-Un virtuoso, literariamente hablando, era Góngora. Sin embargo, como
persona, era un canalla. No es bastante tocar bien el violín, hay que
tocarlo con unas cuerdas especiales y profundas que Góngora no sabía
cuáles eran.
-¿Qué recuerdas en especial, León, de tus tiempos de cómico
de la legua?, le preguntamos cambiando por completo de asunto.
-¡Hombre!, todos quieren que yo les hable de mis aventuras como cómico
de la legua y lo único que les cuento es que estuve en muchos cementerios
y velorios aldeanos. Allí aprendí como se llora en los distintos
pueblos de España.
-¿Es cierto que cuando lees las llamadas notas rojas en los periódicos
te conmueve tanto o más que la víctima el victimario?
-Sí, y me pongo de parte del monstruo y me pregunto: ¿por qué,
por qué el hombre es así?
Y León Felipe se hunde en un dolorido y trágico mutismo. Lo saco
de su mutismo preguntándole:
-Si te hubiese dado la vida la oportunidad de elegir un lugar a tu entero gusto
donde vivir, ¿qué lugar hubieras elegido?
León no lo piensa dos veces y nos dice:
-En Cali, un pueblo que hay en la parte baja de California. Este pueblo tiene
un río de guijarros que lo atraviesa. Es el pueblo que más me
gusta de América.
León entorna su ojos y acaricia su barba, sin duda recreando en su imaginación
el río de guijarros que atraviesa el pueblo de Cali.
Yo lo sacó de su ensimismamiento hablando de poetas. Se me ocurre preguntarle
por Alfonso Camín un poeta asturiano que vivió durante un tiempo
en México y algunos lo consideraron como precursor del son entero. León
Felipe, con su estilo determinante, y dando por sabido lo sentenciado por Gracián,
("Si breve dos veces bueno"), nos lo definió así:
-Camín es un gran juglarón. Y ya no dijo más.
A renglón seguido le preguntamos por otro poeta español en el
exilio diametralmente opuesto:
-¿Qué me dices de Pedro Salinas?
-Como persona no me era simpático. Era un arribista, no buscaba la amistad
sino por interés. Como poeta tiene un libro, "La voz a ti debida",
que es bueno.
-¿César Vallejo?
-Era tan humana y bella persona como gran poeta. Fuimos muy amigos.
Te cuento. Cuando yo escribí "La Insignia" y todos me volvieron
la espalda en el congreso de Valencia, donde la consigna era: "No hablar
con León Felipe", recuerdo que estaba yo con Antonio Machado, cuando
lo llamaron a él y yo me quedé solo entre el público. Entonces,
Vallejo, se me acercó y mi dijo:
-Vamos a comer, León. Vamos a un restaurante donde nos vea todo el mundo.
Y eso hicimos.
De entre todos los intelectuales del mundo que había en Valencia fue
el único que tuvo conmigo un gesto inolvidable.
VARGAS VILA
Aquella tarde lluviosa salió a colación el nombre de Vargas Vila,
un autor de libelos y embaucador de cierta clase de lectores, en el fondo muy
aldeanos, pero supuestamente anarquistas.
El tal Vargas hizo un descomunal agosto con sus libracos de pompas de jabón,
ampulosas palabrejas, propias de la bisutería literaria, y tópicos
disfrazados de denuncias al poder.
-¿Es verdad, León, que conociste al tal Vargas Vila?
-Sí, hombre. Un día como hoy, lluvioso, me encontré con
Jacinto Grau del que recuerdo que se decía que era gafe. Habían
versos en son de mofa sobre él que recitaban los cómicos. Ahora
recuerdo uno que decía:
ESTRENA GRAU, TEATRO CERRAO.
Era Grau un hombre de mala suerte. Todos lo rehuían pues según
decían contagiaba su mala suerte. A mí, sin embargo, me caía
bien.
Aquella tarde, Grau, que por cierto era muy respetuoso, por no decir solemne
o ceremonioso, me dijo:
-Le agradecería que viniera usted conmigo a ver a Vargas Vila.
Se hospeda en el Hotel Barcelona. Esto era en Madrid.
Vargas Vila era ya muy famoso y sus libros se vendían muy bien.
Acompañé a Grau al Hotel Barcelona, aunque no pensaba subir con
él a la habitación donde lo esperaba Vargas Vila, pero se armó
un revuelo y subí.
Vargas Vila, no había más que verlo, era un tipo cursi. Vestía
un traje a cuadros, zapatos amarillos, corbata ampulosa con una esmeralda y
otras en la mano.
Tras saludarse con fingida emoción nos sentamos y ellos empezaron a hablar
tirándose la pelota. Recuerdo el diálogo:
Grau: Vargas Vila, eres un genio.
A lo que este respondía impostando la voz:
-Grau, eres un genio.
Yo me levanté a ver unos libros que había en la chimenea, pues
me aburrían los mutuos elogios de aquellos dos genios de pacotilla.
Vargas Vila me siguió al rato y me dijo:
-Ese libro es la vida de Jesús. Es de Renán.
Al decirme esto recordé que Renán trata muy bien a la Magdalena
en dicho libro y Vargas Vila la trata muy mal en uno de los suyos que yo no
puede terminar de leer.
Hablamos y le dije que yo pensaba partir muy pronto rumbo a México. Él
me dijo si quería una recomendación. No la acepté.
Luego supe que Vargas Vila era muy amigo de Álvaro Obregón el
entonces Presidente de la República Mexicana.
Por cierto que tiempo después, de aquel encuentro con él en el
Hotel Barcelona, Vargas Vila vino a México invitado por Obregón.
Le dieron una comida y ahí, los mexicanos asistentes, le tiraron panecillos
y le dijeron que era un idiota. Vargas Vila se fue de México con el rabo
entre las piernas.
Lo que yo no me explico es por qué Rubén Darío lo quería
tanto.
Vargas Vila tenía una gran autoridad sobre Rubén Darío.
Esto que te cuento me lo contó a mí Antonio Machado que los trató
a los dos muy de cerca en Paris.
Cuando Rubén Darío se emborrachaba pedía a gritos que llamaran
a Don José. Así llamaba él a Vargas Vila. Al llegar éste,
Darío, se sentía muy consolado con su presencia.
Esto es algo que yo no me he explicado nunca, pues Vargas Vila como escritor
no era más que un pobre diablo, aunque sus libros, eso sí, se
vendían extraordinariamente bien.
PALABRAS FINALES
La palabra España siempre estuvo muy presente en nuestras conversaciones,
por lo que un día le preguntamos:
-¿Te gustaría volver a España?
León se dio su tiempo antes de respondernos. Luego nos dijo:
-Ya estoy muy viejo, Juan, muy viejo. Tú lo ves. Estoy imposibilitado
para ir a los sitios. No podría ir a ver a los amigos, a los pocos amigos
que me quedan allá. Estoy muy viejo, estoy muy viejo, Juan. Tú
lo ves.
Y León se sumerge en un abismal silencio. Lo sacamos de él preguntándole:
-¿Es cierto, León, que en Israel te regalaron un bosque?
-Sí, hombre, sí, es un bosque que llaman "Bosque de León
Felipe".
Allí en mi bosque mandé grabar en el primer árbol unos
versos míos que dicen:
ISRAEL, TIENES LA MEJOR COLECCIÓN DE LÄGRIMAS
DEL MUNDO.
Yo no quiero que me entierren en el Valle de los Caídos, sino en mi
bosque.
-La verdad, León, insistimos, ¿dónde te gustaría
morir?
-Morir... Yo he dicho, como tú sabes, que me quería morir en Israel
y también he dicho que me gustaría morir en México, porque
aquí he hecho muchas cosas, pero la verdad, Juan, es que me querría
morir en la meseta de Castilla, como he dicho en unos versos míos:
LUZ ALTANERA DE CASTILLA,
TÚ ME RECIBISTES AL NACER,
AMORTAJAME CUANDO MUERA.
México 10 de agosto 1968
TRINI CORONA, RERCORDANDO A LEÓN
En la casa de León Felipe, en su departamento de la calle de Miguel
Shultz, 73-3°, México D. F., sin León, recién fallecido,
18 septiembre 1968, flota un misterios y denso halo.
Sí, León ha muerto... Sin embargo uno percibe que él va
a levantar su voz requiriendo algún servicio de Trinidad Corona Zurita
su, digamos, ama de llaves, exclamando:
-¡Trini!
Desde la sala entrevemos un ángulo de su verde sillón mientras
platicamos con Trini y, es verdad, lo que ella nos confiesa con visible emoción:
-A veces oigo todavía su voz y me sobresalto.
Nosotros, que estábamos ya aquerenciados con León y su casa, sentimos
que se nos rompe el alma pasar por su puerta sin subir en tres saltos los dieciocho
escalones de su escalera.
Ayer tarde al pasar vislumbramos a Trini en la ventana. Su semblante triste
nos atrajo y quisimos darle un poco de compañía al mismo tiempo
que recibir compañía de ella.
Trini, nada más nos ve, nos abraza llorando y un nudo, como de soga de
esparto, nos apretó la garganta.
Pesarosos nos sentamos y hablamos:
-¿Cómo era, Trini, realmente León?
-Usted lo sabe muy bien. Para mí y para todos era muy buena gente.
Muy generoso. ¡Y muy guapo por cierto! Subraya con vivo énfasis.
Trini habla de su Señor con el corazón en los labios. Nos gusta
como grita eso de:"!Y muy guapo por cierto!" Tiene gracia Trini al
decir sus cosas, y eso que está triste en extremo. Hace una breve pausa
y continúa:
-Yo no pensé nunca durar los años que duré con el Señor.
Cuando yo llegué, que me trajo su hermana doña Salud, me tomó
la mano y yo dije: ¡Chihuahua! Está muy anciano ya. Pero mire usted
no se murió entonces. Dios quiso que viviera diez años más
pues yo llegué cuando ya se había muerto doña Berta Gamboa,
su esposa. Creo que llegué al año de morir ella. Una amiga de
mi hermana Carmen conocía a doña Salud y por medio de ella vine.
-¿Cómo se portaba el Señor con usted?
-Muy bien, muy bien. Cuando poco después de mi llegada yo me puse enferma
él me llevó al sanatorio de nutrición para que me curaran.
Él se preocupaba mucho por mi. Me compraba las medicinas y en todo era
muy bueno. Eso usted lo sabe. Trini calla
y suspira.
-Oiga, Trini, ¿quién era el mejor amigo del Señor?
-Don Pablo Fernández Márquez. Fue el primero de sus amigos que
yo conocí. Era español como él, de Madrid. Yo quiero mucho
a don Pablo. Él también ha visto mucho por mi y es también
muy guapo, como lo era el Señor. Se tenían mucho cariño
entre ellos, creo que más que hermanos.
Debo aclarar que cuando Trini llama a una persona guapa, quiere dar a entender
que es muy buena, muy noble. Así lo entiendo yo cuando la escucho y advierto
cómo lo dice y por qué lo dice. En verdad me conmueve la forma
y el fondo de sus expresiones.
Me cuenta una anécdota relacionada con Fernández Márquez
y León:
-Mire, un día le habló el Señor a don Pablo para que viniera
a comer. Él venía muchas veces, pero aquel día no pudo
venir y el Señor no quería comer solo. Yo ya había preparado
comida para dos y apenas acabando de hablar por teléfono con don Pablo
me gritó con su fuerte voz. Yo corrí para ver qué era lo
que quería y, al estar ante él, me dijo:
-Trini, no prepare usted comida mas que para mí, pues ese pelmazo no
va a venir.
Estaba muy enfadado con don Pablo porque éste no iba a venir. A mi me
molestó mucho que llamara a don Pablo pelmazo, aunque yo no sabía
lo que quería decir eso.
Pensé que sería algo feo, por lo que le pregunté:
-Señor, ¿qué quiere decir eso de pelmazo?
Él entonces se puso a reír y yo le reclamé diciéndole:
-No vuelva usted a llamar a don Pablo eso de pelmazo,
porque don Pablo es muy bueno.
El Señor se reía y se reía y yo, enfadada, me fui a la
cocina.
Luego, algo más tarde, llegó don Pablo, y cuando el Señor
lo vio delante de él me gritó:
-Trini, ya está aquí el pelmazo.
Debió contarle a don Pablo todo aquella pues los dos se rieron de mi
y el Señor nunca me dijo qué quería decir pelmazo.
¿Qué quiere decir pelmazo don Juanito?
-Nada malo, Trini. Pero lleva usted razón: Don Pablo no era un pelmazo,
aunque el Señor debió molestarse porque su entrañable amigo
no pudiese venir a comer, aunque al fin llegó. Dijo eso pero sin ninguna
mala intención.
-Claro, don Juanito, que no lo diría con mala intención, pues
el Señor quería mucho a don Pablo.
-Oiga, Trini, ¿qué platillos prefería el Señor?
-Tenía muy buen diente. Le gustaba todo. No era goloso ni remilgoso para
comer. Creo que lo que más le gustaba era el gazpacho andaluz.
-¿Usted sabe cómo se hace el gazpacho andaluz?
-Sí, me enseñó a hacerlo María del Carmen, cuando
estaba casada con el sobrino del Señor, cuando éste todavía
vivía, y que fue el torero Carlos Arruza. Creo que ahora está
casada con otro torero, un tal Capetillo.
-¿A que hora solía levantarse León?
-Como ya estaba muy grande se paraba tarde y se acostaba temprano, pero antes
cuando estaba bien se acostaba muy tarde, aunque se levantaba también
muy tarde. Entonces yo le esperaba mirando por la ventana. Llegaba de madrugada.
Eso era cuando estaba bueno.
Últimamente ya no llegaba tarde como antes cuando iba al café.
Un café que se llamaba, según le oí, decir "El Sorrento".
-¿A qué hora escribía?
-Para escribir siempre se levantaba temprano, pues cuando yo entraba a verlo
ya estaba escribiendo. Sobre todo al principio cuando yo llegué. En un
tiempo como que rejuveneció y se iba en el camión. El Señor
nunca tuvo coche. Por lo general lo traían y llevaban los amigos. Cuando
don Pablo tuvo coche el Señor ya tuvo coche y chofer. Éste se
llamaba Raúl. Antes de esto el Señor iba y venía en camión.Un
día se cayó al bajar. Gracias a Dios no se hizo mucho daño,
pero pudo habérselo hecho, ¿verdad?
-Pues sí, Trini. ¿Hablaba usted mucho con él?
-Sí, en la noche, cuando me hablaba para acostarse y yo le daba su merienda.
Me decía:
-Trini, no se vaya. Platíqueme usted.
Un día le platiqué de mis antiguos señores, con la familia
que estuve veinte años. Era franceses y muy buenos. Yo los quise mucho
también. Luego me enteré de que el Señor había hablado
de todo eso que le conté en una revista.
También cuando me pedía que le platicara antes de dormirse.
Yo le hablaba de mi padre y de las vacas que tenía mi padre.
Él me oía muy atento. Le conté como murió mi padre
a consecuencia de un golpe que le dio una vaca.
-Trini, yo le he oído a usted varias veces hablar delante del Señor,
de su escobita de San Martín de Porres, ¿qué opinaba él
de ello?
-El me decía: "Trini, bárrase con ella, porque es de San
Martín".
El Señor era muy bueno. Cuando a mi me la regalaron a él le regalaron
otra que luego me la dio a mi y entonces yo le di la mía a su sobrina.
Esta que tengo es la que fue del Señor.
-¿Usted no tiene hijos, Trini?
-¡Oh, qué horror! No, no yo no tengo hijos: ¡Dios me libre!
-¿Nunca se casó?
-¡Ah, Chihuahua! ¿Casarme yo? Dios me libre y la Santísima
Virgen. No, nunca tuve novio. Yo he platicado con los hombres
Como platicaba con el Señor o como estoy platicando con usted.
Con los hombres yo no sé platicar de otra manera. ¡Dios me libre!
-Trini, ¿por cuáles santos siente usted más devoción?
-Ahora por San Martín, pero siempre he tenido mucha devoción por
el Sagrado Corazón y por la Santísima Virgen de Guadalupe.
-¿Qué ha significado para usted la muerte del Señor?
-Muy triste...yo estoy muy triste ahorita. No lloro porque estoy platicando
con usted, pero cuando estoy sola... Y Trini suspira profundamente y su suspiro
se convierte en sollozo y acaba llorando a mares.
-Cálmese, Trini, le digo.
-¡Ay, señor Juanito!, para mi, de día y de noche, esto es
muy triste. Es una vida muy triste la mía sin él. Muy triste.
Yo lo quería mucho y me quería también. Venga a ver, venga
a ver.
El señor me regaló su retrato que yo tengo en la cabecera de mi
cama. Y acompañé a Trini hasta su recámara y vi el retrato
de León Felipe. Ella me dijo:
-Lea usted, don Juanito, lo que dice. Yo no sé leer. Y leí en
voz alta la dedicatoria:
:
ESTE RETRATO ES DE TRINI CORONA, MI GRAN AMIGA.
UN ABRAZO DE ESTE VIEJO QUE LA QUIERE:
LEON FELIPE.
Trini,al escuchar la lectura, llora y llora. Yo la consuelo como puedo.
Ella susurra:
-Es que esta casa está muy sola sin él. ¡Qué horror
de vida!. Esto, todo esto, se me hace muy largo.
Tras un doliente silencio. Le pregunto, por preguntarle, algo que la distraiga
de su congoja:
-¿Venían muchas gentes por aquí a visitarlo?
-Usted lo sabe muy bien. Esto parecía una fonda. Muchas, pero que muchas
gentes venía a diario por aquí.
-¿A quienes recuerda de todas esas gentes que por aquí venían?
-Recuerdo a los de casa. A don Pablo, a don Pancho Lona y a su nieto. A Trapote,
a los señores Rioboo, Samperio, a la señora Padeya, que apreciaba
mucho los papeles del Señor y recuerdo con mucho cariño a Doña
María Esther Zuno de Echeverría.
Ella es muy buena y le daba mucho ánimo al Señor. Lo llevaba a
su casa con su esposo, que es un ministro. Un día don Pablo trajo aquí
a ese ministro y a varios ministros más
que venían acompañando al entonces Presidente de México,
licenciado Gustavo Díaz Ordaz. Fue como un día de fiesta.
¡Ah!, me acuerdo también del doctor Báez Camargo.
Él le regaló una Biblia al Señor, que éste leía
muchas veces cuando estaba solo. El Señor estimaba mucho al doctor Gonzalo,
que así se llamaba Báez Camargo, del que decía que era
un hombre muy sabio. Recuerdo que un día don Gonzalo trajo EEUU a la
señora Virginia, no sé cómo era su apellido. Ese día
se la pasaron leyendo versos muy bonitos.
Recuerdo a todos esos buenos amigos y amigas del Señor y se me vienen
a la memoria los nombres del señor Juan Rejano y de la señora
Gloria Rodríguez. ¡Ah! Y también el de don Alejandro, don
Alejandro Finisterre al que el Señor me pedía que yo lo llamase
por teléfono para que viniera a comer y a charlar con él.
Mire usted, don Juanito, se me estaban olvidando los médicos que venían
a verlo y era muy sus amigos: Cesarman, Parés y Nieto.
Ellos nunca le cobraban por verlo y recetarle.
Se me nubla la memoria con tantas caras que recuerdo y se me agolpan los nombres
y muchos se me borran. Además venían estudiantes a todas horas.
El Señor los recibía y se ponía alegre con ellos. Siempre
sentado en su sillón. Les firmaba sus libros a los jóvenes y a
las jovencitas que lo rodeaban y ponían mucha atención a lo que
él les decía. Todos se iban muy contentos.
Ahora ya nadie vendrá. Antes era un continuo peregrinar, amigos, estudiantes...
Venían como se va a ver a un santo. Pero el santo ya voló al cielo.
Allí está el Señor ahora y desde ahí nos ve a todos
los que tanto le quisimos. De eso estoy segura.
-Trini, ¿recuerda usted que el Señor se reía mucho cuando
los tres platicábamos del pulque?
-¡Ah!, sí. Él le decía a todo el mundo que a mi me
gustaba el pulque y no me lo prohibía. Con la familia que estuve antes
yo lo bebía a escondidas, pero con el Señor no. Él me dejaba
en libertad para que yo tomara mi pulque, pues debo decirle que nunca me he
mareado, ni por beberlo le he faltado nunca a nadie. De niña me lo daba
mi madre. Es puro alimento.
Mire usted, yo tomo dos litros al día, pero también es que yo
como muy poco y el pulque pues es mi alimento principal.
El Señor me trajo a sus médicos y les platicó de mi pulque
cuando me puse enferma la segunda vez, pero yo engañé al médico.
¿Verdad que no fue nada malo que yo le dijera
al doctor que sólo me bebía medio libro al día? No puedo
dejarlo pues si lo dejara me moriría. El Señor lo sabía
y era por eso que nada más se reía y nunca me lo prohibió.
Él me quería mucho y no lo veía mal. El Señor tampoco
me prohibía que yo fuera a la iglesia. Las malas gentes decían
que él no era creyente, pero eso no era verdad. Él hacía
mucha obra de caridad y daba mucha felicidad a las gentes. Y eso vale más
que ir a misa. Yo si iba a misa, voy a misa, pero ya le digo: El Señor
nunca vio mal que yo fuera a misa, al contrario, él me decía:
-Trini, deme mi desayuno y váyase a misa. A la de ocho o a la de nueve.
A la que usted quiera.
Él nunca me dijo que no fuera misa. Yo sé que él era creyente.
Las gentes que dicen que no era creyente no saben lo que dicen.
-¿Qué tal cuándo se enfadaba con usted?
-Pues sí, algunas veces se enojaba, como todo el mundo, pero se arrepentía
al rato. ¡Era tan bueno! Entonces me llamaba para pedirme perdón.
Yo reconozco que el Señor hizo más obras buenas para conmigo y
para con todo el mundo que malas. Usted lo sabe.
-Y ahora, Trini, ¿cuál es su situación?
-Bueno, el sobrino del Señor y su madre doña Salud, me dejaron
la paga que tenía.
-¿A cuánto asciende su salario?
-Mi sueldo era de trescientos pesos al mes, pero el Señor me daba mis
alimentos y además las medicinas que yo tomo y que me recetaban los médicos
que venían a verlo a él. Aparte me compraba zapatos, la ropa y
las gafas que yo iba necesitando y que cuestan muy caras, pero ahora... Bueno,
a mi me decía el Señor que no me preocupara si él se moría,
pero yo le decía:
Ahora porque está usted vivo, luego... Ojalá sea como él
quería.
Yo siempre le decía que quería morirme antes que él pues
de haber sido así el Señor me hubiera sepultado, pero ahora no
sé quién me sepultará ni dónde. ¿Usted cree
que ahora me van a dar sepultura como él lo hubiera hecho? Así
que me muera me enterrarán en un cajón de cartón. ¡Virgen
Santísima!
Guardamos silencio y lo único que se me ocurre, tonto de mí,
es preguntarle:
-¿Le echa mucho de menos?
-¿Usted qué cree, don Juanito? Poder de Dios que sí. Mire
usted, anoche soñé con él. Lo vi como cuando volvía
del café, cansado, con su chamarra, su bastón y su sombrero. Se
sentó a descansar en su sillón. Nomás que no era esta casa,
sino otra mucho más grande y bonita. Y eso creo yo que quiere decir que
ya se acabó su purgatorio y ya ahorita está en el cielo, digo
yo.
Espero en Dios y María Santísima que así sea.
A mi rara vez se me olvida lo que sueño y fue muy clarito, clarito, este
sueño y todavía lo estoy viendo.
ELEGIA ALEGRÍA A LEON FELIPE
Alegría, alegría, León, porque te has muerto
y al fin la luz es tuya.
(¡Qué importa mi orfandad y mi dolor!)
Alegría, León:
la luz que tanto ansiabas
y te costó más lágrimas que agua tiene el mar,
es tuya al fin, y yo quiero alegrarme.
Perdóname, León, si me pongo a llorar.
Perdóname, aún no soy más que un poco de barro
sentimental y humano...
Y mira tú: al principio, cuando supe tu muerte,
no encontraba mis lágrimas.
Me sentí seco como una rastrojera
en mitad de los campos de Castilla
a finales de agosto.
No podía llorar;
pero después lloré, lloré y lloré,
como si Dios hubiese desatado
una tormenta loca en mis entrañas.
Fue un don de lágrimas calientes,
un don de lágrimas que me hacía temblar
y temblar de tristeza,
de desesperación,
de angustia, León Felipe.
Mas, después, de asomé a tu ataúd color humo
y nos vimos, a través del cristal,
otra vez cara a cara,
igual que cuando hablábamos de Prometeo, en tu casa.
Y entendí muchas cosas.
Sí, entendí que no debía llorar
y me entró esta alegría misteriosa,
esta alegría infinita que me embarga,
que me hace sentir
como tu mano grande y generosa,
de padre comprensivo,
apretaba mi mano de ángel huérfano
y me hacía escribir estos versos
que no son propiamente de alegría.
No, León, ya lo sé, no debemos llorar...
Porque tú has comenzado a platicar con Dios,
que ya no está la puerta, tanto tiempo cerrada,
que se abrió para ti de par en par.
Lo sé, León, lo sé.
Dios te ha abierto de par en la puerta,
sus puertas todas, sí,
y ya estás dentro de su luz divina.
Sí, León, padre-amigo. Porque tú eras mi padre
aunque yo no llevara una gota de sangre,
de tu sangre, León,
en la sed de mis venas.
Sí, León, si, yo sé
que la "función de tus ojos ya no será llorar,
sino ver."
Ya estás viendo, ya sabes y ya vives.
El gran viaje por todas las estaciones
de la tierra ha llegado a su fin.
Ha comenzado el verdadero gran viaje.
No, no es cosa de llorar, sino comprendo
-con la herramienta gris de mi cerebro-
la clara claridad que a ti te envuelve y te ilumina.
No es cosa de llorar, León Felipe.
"Creo que Dios nos da otras vidas,
otras vidas nuevas,
otros cuerpos con otros instrumentos...
Otras cajas sonoras donde el alma inmortal
(y viajera se mueva mejor".
Creo lo que tú creías. Hijo soy de tu espíritu.
No, yo sé que no te has ido. León Felipe.
Te estorbaba ese cuerpo que hoy sepultan.
Necesitabas deshacerte de él.
Me lo dice tu manos sobre mi mano,
esa tu nueva mano que hoy te nace
como una caricia junto a Dios.
Me lo dice tu voz que viene por el viento
como una bandada de fénix invisibles y jubilosos.
Me lo dices, me lo estás diciendo tú,
y yo quiero gritarlo, a manera de salmo y esperanza,
a todos los que lloran,
a todos los que estamos llorando por tu muerte.
¡Alegría, alegría, porque León no ha muerto!
León sólo ha cambiado de estructura y de barro,
porque era ya muy viejos su barro y su estructura.
¡Su esencia vive y canta!!
Y cómo canta ahora León Felipe. Oid, oid al viento.
Que nadie llore aquí, que nadie llore,
que nadie llore por León Felipe,
porque León Felipe no se ha muerto.
Fue todo muy sencillo:
León Felipe, el español del éxodo y del llanto,
se ha ido con sus viejos amigos, los ángeles, a ser un ángel más,
pues él no fue otra cosa que un angelón nostálgico.
León Felipe se ha ido, se ha ido un momento, solamente un momento.
Mañana, sí, mañana volverá "en el corcel del
viento"...
Y ya es mañana. Ya es mañana, ya está aquí, entre
nosotros,
Con nosotros otra vez, para siempre.
El sol que nos alumbra es León Felipe.
Y tú y yo somos León Felipe.
León Felipe, el que se fue sin haber visto el Amor,
ha vuelto, está aquí,
y ha visto el Amor y nos lo trae.
¡Alegría, alegría!
Que nadie llore, que no vaya a llorar nadie.
Hoy es día de fiesta: ha muerto León Felipe.
Sembremos y sembremos sus sueños, su verdad.
Iluminemos y organicemos las sombras,
como él nos tenía dicho.
Él no ha muerto. No podía morir.
Ahora, en este instante, es cuando está más vivo León Felipe.
¡Alegría, alegría!
Perdonadme si lloro. Perdonadme estos golpes de lágrimas.
Nadie debe llorar. ¡Qué nadie llore!
Nadie, nadie, nadie,
"aunque no haya en el mundo nada más grande que mis lágrimas",
nuestras lágrimas, las lágrimas de León Felipe que no puede
llorar,
que no quiere que nosotros lloremos por él de esta manera.
Ah León Felipe, tu mano sobre mi mano, tu voz sobre mi voz.
Perdóname si lloro todavía; no puedo remediarlo.
También yo soy como tú eras: "El hijo de mi carne y de mi
predio,
de lo que da mi cuerpo: lágrimas".
Sí, León: ¡alegría, alegría!
...Pero no te comprendo,
ahora no te comprendo y sé que es comprensible
porque tú me dictas desde la luz y yo...
No puedo; no, no puedo, León Felipe,
porque siento en las raíces de mi sangre
que un hombre sin llanto
es una orza vacía. Sin embargo,
tú me dices que no. Tienes mi mano y me dices que no
y quieres que yo escriba y que yo sienta,
precisamente porque has muerto, alegría, alegría........
Este poema fue escrito la madrugada
del día 18 de septiembre de 1968 y
leído en el Panteón Español de México
durante el sepelio de León Felipe. La
mañana del 20 del mismo mes sería
leído en el noticiario mañanero, Canal 2
de TV, que conducía el licenciado Jacobo
Zabludovsky.
El día 21 apareció publicado
en Revista Mexicana de Cultura, suplemento
cultural del diario El Nacional de la ciudad
de México, que dirigía el poeta cordobés
Juan Rejano.
NOTA BIOGRÁFICA
Felipe Camino Galicia de la Rosa, a quien todos conocimos por su seudónimo
de León Felipe, nació en Tábara, Zamora, el 11 de abril
de 1884. Murió en la Ciudad de México el 18 de septiembre de 1968.
Su padre fue notario. Él estudió la carrera de farmacéutico.
Tras regentar varias farmacias en diferentes pueblos y recorrer España
como cómico de la legua, permaneció durante tres años en
la cárcel a causa de un defalco. Al salir de la cárcel contrajo
matrimonio con Irene Lambarri, peruana ella. Residió por un tiempo en
Barcelona. Dicho matrimonio fracasó.
León Felipe se entregó a la vida bohemia y vivió durante
un tiempo lo que se dice a salto de mata.
En 19l9 inició su obra poética en Madrid, donde aparece en 1920
su primer libro: "Versos y oraciones de caminante".
Tras la publicación de su primer libro de versos se trasladó a
la Guinea Ecuatorial, colonia española entonces. Ahí trabajó
como administrador de hospitales durante tres años.
En 1922 viajó a México con una carta de Alfonso Reyes que le abrió
las puertas del ámbito intelectual mexicano.
En México, León Felipe, trabajó como bibliotecario en Veracruz
y contrajo matrimonio por segunda ocasión con Berta Gamboa.
Posteriormente trabajaría como profesor de literatura española
en la Universidad Cornell.
Retornó a España poco antes de desatarse la guerra civil.
Fue militante republicano. En 1938 retorna a México como exiliado político.
En México escribe la mayor parte de su estremecedora obra poética,
que se cierra en 1968 con"!Oh, este viejo y roto violín!",
editado por Alejandro Finisterre, el inventor del futbolín, con cuyo
invento ganó mucho dinero y se dio el lujo de publicar, en México,
numerosos libros de poetas españoles, mexicanos y latinoamericanos.
Índice
La casa...................
El encuentro.............
Su obra.....................
Conversaciones...........
Recuerdos y más recuerdos..........
Cierta tarde..................................
Escribir llorando..........................
Días después...............................
Hablando de poetas.....................
Poetas y más poetas..................
Hablamos y hablamos...............
Una noche.................................
Una comida.............................
Charlas informales....................
Vargas Vila..............................
Palabras finales......................
Trini Corona, recordando a León...................
Elegía alegría a León Felipe..............
Nota biográfica.....................................
JUAN CERVERA SANCHIS